Mi Eki queda en Corrientes y Humbolt.
Tiene una línea de dos cajas. Unos lockers que casi nunca funcionan. Una verdulería/frutería medio tristona y los artículos más superfluos -desodorantes Rexona y cremas para peinar entre otros- bajo llave.
Llegué a él hace unos cinco años y no nos separamos más.
A menos de tres cuadras tiene un amenazante Coto, pero eso no nos amedrenta, sabemos lo que tenemos, sabemos lo que somos y no les tenemos miedo.
En Eki, en mi Eki, podes llenar una botella de gaseosa con cerveza después de pasar por la caja, en el caso, claro, de querer tomarte una cervecita fría antes de subirte al tren.
En mi Eki hay días que no hay congelados, porque las heladeras se rompen y el técnico se toma su tiempo en venir a repararlas.
En mi Eki ya es un clásico la cara de orto de la supervisora. Una gordi de pelo lacio y mucho delineador en los ojos que tiene un cartelito en su pecho que dice: Mariana, con letras apuras de fibrón negro.
En mi Eki, el joven de seguridad, puede estar parado en la puerta o camuflado cerca del deposito, presto a cazar algún maleante en plena acción. Pero claro, todos nos queremos en MI Eki y pocas veces hay maleantes. Pocas.

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